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Churros con sabor a historia, a esfuerzo familiar y a fórmula secreta

La esquina más emblemática de la Plaza de los Naranjos de Marbella es, sin duda, la que alberga la histórica Churrería Ramón. De hecho, es toda una tradición, con dulce sabor, tomarse unos churritos en su bella terraza acompañados de café o chocolate al gusto. O, como sorpresa, beberse un buen zumo natural, sabiendo también que fueron los primeros en la ciudad de Marbella no sólo en el “Arte del Churro”, sino también en la saludable costumbre de poner zumos de naranja, y hoy día multifrutas, en la dieta de sus clientes.

Fundada por Ramón Navas en 1941 como el primer despacho de churros de la ciudad, mantiene aún el nombre del fundador en homenaje a éste, aunque haya sido en realidad su hijo Pepe Navas, quien lo regenta actualmente, el que le haya dado al local la categoría de “Templo del Churro Español”. Desde que en sus inicios el abuelo Ramón vendiera a peseta las ruedas de churros engarzadas en tiras de juncos de un río cercano Rio Verde, cuando aquello era sólo una pequeña cochera reconvertida en negocio de supervivencia familiar, ha llovido mucho.

Esa lluvia habla primero de mucho esfuerzo: hasta tres mil ruedas pequeñas al día llegaba a freír Pepe desde los quince años para sacar a los suyos adelante; y habla de un hombre humilde pero visionario de la hostelería, como muchos de los personajes ilustres de la ciudad que han hecho de Marbella lo que es: un paraíso conocido mundialmente en el ámbito del lujo. Y es que la fórmula secreta de la familia (harina de trigo selecta, aceite de alta gama cambiado a diario, temperatura óptima del agua, especial técnica de fritura… y hasta aquí se puede contar) ha conseguido hacer de lo sencillo algo singular y delicioso, y algo inconcebible: un churro digestivo, nada grasiento, fino y delicioso.

Esto es precisamente lo que destaca el periodista José Ribagorda en su libro “De las cosas del comer”, en el que dedica un capítulo entero a este establecimiento. Se refiere a sus churros como “un lujo sencillo” y halaga de nuevo a sus tejeringos describiéndolos como “la elegancia, la majestuosidad de lo bien hecho”.

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